El nacimiento de Naima, a 1.000 km de distancia
El relato del nacimiento de mi segunda hija en una casa de partos a 1.000 km de casa. Lo escribí para no olvidar nada y lo leí en las X Jornadas por la Salud de la Mujer de APROMAP.
Escribí este relato en los días siguientes al nacimiento de mi hija Naima, en agosto de 2023, porque no quería que se me olvidara ningún detalle. Lo leí en voz alta el 4 de mayo de 2024, en la sesión «Casa de partos liderada por matronas y experiencia de parto» de las X Jornadas por la Salud de la Mujer de APROMAP, junto a Marina Trigos, y lo publico ahora tal como lo escribí entonces.
Mi nombre es Tania y soy mamá de dos.
Mi primera hija, Laia, nació en 2021 en un parto «normal» en el hospital en el que trabajaba como matrona. Y pongo entrecomillado normal porque Laia nació durante la pandemia del Covid, por lo que, a pesar de ser un nacimiento sin complicaciones arropada por dos amigas y compañeras, durante esta época muchas mujeres vivimos nuestros embarazos aisladas sin poder contar con el acompañamiento de nuestras parejas en los controles habituales.
Pero hoy escribo estas líneas para contar el parto de mi segunda hija, Naima, un nacimiento que me ha transformado a todos los niveles como mujer, madre, esposa, hija y matrona… luego entenderéis por qué.
Quería un embarazo distinto
La llegada del segundo embarazo fue inesperada pero a la vez deseada. Mi marido Néstor y yo teníamos claro que queríamos volver a ser padres, pero pensábamos que la noticia llegaría más tarde.
Yo tenía claro que si volvía a quedarme embarazada, iba a cambiar muchas cosas que sí había asumido durante el embarazo de mi primera hija.
En primer lugar, deseaba un seguimiento del embarazo muy distinto, a poder ser solo con la matrona, salvo los controles ecográficos trimestrales. Además, sabía que esta vez no quería someterme al cribado universal de la diabetes: prefería hacer yo misma los controles con glucómetro en casa. Tampoco quería la famosa prueba del estreptococo del grupo B, que según la evidencia no es nada precisa.
Otro aspecto importante a valorar era el lugar de nacimiento. Ya no sentía el hospital como un lugar seguro. Y es que el último mes de trabajo, antes de la baja, fue bastante duro. Me tocaron vivir situaciones que me hacían replantearme el poder de parir… ¿realmente las mujeres éramos capaces de parir sin ayuda?
Por eso, deseaba huir del modelo de atención al parto medicalizado, para poder vivir un parto fisiológico sin posibles interrupciones ni intervenciones.
Un sueño a 1.000 kilómetros
Por ello, mi marido Néstor y yo empezamos a reflexionar sobre el lugar de nacimiento de nuestra hija. Como primera opción, valoramos el parto en casa, pero realmente ninguno de los dos nos visualizamos en nuestro hogar viviendo ese momento. Empezamos a buscar otras alternativas viables.
He de decir que, ya en mi etapa como residente de matrona, hice una rotación externa al Reino Unido donde pude comprobar la autonomía de la matrona, el modelo «one to one» (una matrona por cada mujer) y en qué consistía un Birth Center o casa de nacimientos. Me enamoré aún más de la matronería y soñaba con disponer de esos espacios tan acogedores en mi comunidad, ya no solo para trabajar como matrona sino como mujer para disponer de tantos recursos si un día decidía ser madre.
Creo mucho en el destino, y así fue. Justo en el momento indicado, en medio de una vorágine de emociones, vimos la noticia de la inauguración de la primera casa de partos de la Costa del Sol en Marbella (Marbella Birth Center).
Decidimos inscribirnos a la primera visita virtual de las instalaciones y al instante pensé: «¡Quiero parir aquí!». Pero claro, había un problema logístico, y era la distancia que había entre Asturias y Marbella, nada más y nada menos que ¡1000 km!

Así que lo primero de todo fue contactar con Marina Trigos, la matrona responsable del centro. He de decir que la seguía en redes sociales desde hacía mucho tiempo y eso ayudaba a verla como una persona más cercana. Hablamos por videollamada y nos resolvió todo tipo de dudas. De hecho, nos habló de opciones más próximas a nuestra ciudad, pero también nos motivó para que la distancia no fuera un impedimento para poder cumplir mi sueño de poder parir allí. Mi cara se iluminó cuando Marina nos apoyó en la decisión…
Faltaba hablar con mi padre
Ahora solo quedaba hablar con otra persona imprescindible para poder llevar a cabo esta aventura, mi padre. Lo necesitábamos para que pudiera estar con nuestra hija mayor cuando me pusiera de parto.
Él siempre me había apoyado en todas las decisiones que había tomado en mi vida sin cuestionar nada de lo que hacía, ¿ahora por qué iba a ser diferente? Y encima, se jubilaba un par de meses antes de mi fecha probable de parto, lo cual le permitía total disponibilidad para nosotros, además de los miles y miles de kilómetros que tiene a su espalda dada su profesión como conductor.
Por ello, no dudamos en llamarle ese mismo día tras hablar con Marina. Yo estaba impaciente y tenía que salir de dudas de si podíamos seguir adelante o no con nuestro plan. Confío plenamente en él, pero he de confesar que no tenía muy claro si esta vez nos brindaría su apoyo para cumplir mi deseo. Tiene 65 años y hace 34 años que fue padre, por lo que sería comprensible que no entendiera nada de lo que yo le pudiera contar.
Sin embargo, para nada fue así. No dudó ni un momento, al contrario, se sintió orgulloso de que como hija tomara esta decisión consciente y tan necesaria para mí, alegrándose enormemente de ser el elegido para acompañarnos en este mágico viaje. De hecho, casualidades de la vida, me contó que hacía 34 años había estado con mi madre embarazada en toda la Costa del Sol, y ahora la historia se repetía con su hija, alucinante, ¿verdad?
Preparar el viaje
Así que sin ningún pesar, anulamos las vacaciones que teníamos reservadas en Mallorca y empezamos a planificar el ansiado viaje a Marbella.
Lo primero que necesitábamos encontrar era un alojamiento en las inmediaciones de Marbella, ya que estaríamos desde la semana 38 hasta unos días después del esperado nacimiento.
Los astros estaban alineados ese día, porque en la primera búsqueda en la app Airbnb me salió un alojamiento nuevo a muy buen precio en Istán, un precioso pueblo andaluz de casitas blancas a media hora del Marbella Birth Center. Enseguida contacté con una de las anfitrionas de la casa, que cosas del destino, resultó ser una de las coordinadoras del grupo local de «El parto es nuestro» de Málaga, ¿quién mejor que ella para comprender el motivo de nuestro viaje?
Así que aunque todavía faltaban muchos meses por delante, le conté nuestro deseo de ir a parir al MBC y que necesitábamos fechas un poco abiertas ante la espera de la llegada de nuestra hija. Gracias a ella y su tía, esta experiencia también fue posible. Así que gracias Jara y Ana por vuestra cercanía y cariño en todo momento.
El siguiente paso era reservar el viaje. Mi padre se ofreció a atravesar la península en nuestro coche un día antes, para que nosotros fuéramos en avión con la niña y a nuestra llegada al aeropuerto, estar ya él allí para recogernos.
Para nuestra suerte había vuelo directo a Málaga desde Asturias durante el verano. Leímos la política de la aerolínea para volar durante el tercer trimestre del embarazo y sólo necesitábamos un justificante médico o de la matrona que me llevara el seguimiento del embarazo.
En poco tiempo conseguimos tener todo planificado. Ya solo quedaba esperar a que llegara el día y confiar en que no se adelantara el parto.
Contratamos el servicio de fotografía que ofrece la casa de partos, ya que una experiencia tan potente como la que íbamos a vivir, tenía que quedar inmortalizada para siempre. Hablamos con Lucía, una de las fotógrafas del equipo y al instante conectamos. Considero que ese vínculo con ella favoreció que su presencia en el parto fuera muy especial.
Fueron pasando las semanas, cada 15 días hacíamos un encuentro por Zoom con todas las mujeres que habíamos decidido ir a dar a luz a la casa de partos. Hasta mi marido estuvo dinamizando el grupo de padres durante un tiempo, para que también tuvieran su espacio para compartir inquietudes y experiencias.
Llegado el tercer trimestre, tenía sensaciones distintas al primer embarazo, muchas contracciones de Braxton Hicks, alguna ya molestaba de vez en cuando, mucho tono abdominal… lo que me hacía pensar que podía nacer antes de las 40 semanas. Pero no fue así, de hecho el parto se desencadenó en la semana 40+3.

Dos semanas esperando
Volamos un 14 de agosto y Naima no nació hasta el día 30, horas antes de la segunda luna llena de agosto. Nos dio tiempo a hacer muchas cosas durante esas dos semanas antes de su nacimiento.
Pudimos conocer con antelación a todo el equipo del MBC (Marina, Pepa y Giulia), disfrutar en familia de nuestras vacaciones, conocer a otras familias del MBC y hasta un ritual de despedida del embarazo.
Y digo ritual porque sigo pensando que esas horas previas al inicio del parto fueron la CLAVE de todo… El 29 de agosto habíamos quedado con Marina a las seis de la tarde (nos veíamos una vez/semana). Aprovechamos la ocasión para que mi padre quedara con nuestra hija mayor, y Néstor y yo poder disfrutar solos a nuestro aire por Marbella. Además, decidimos llevarnos la bolsa preparada por si acaso.
Esa tarde hicimos sesión de rebozo y estiramientos relajantes, además de vincular aún más con el espacio donde estaríamos muy pronto de parto. Recuerdo con entusiasmo ese momento mágico en el que Marina me dijo: «Métete en la bañera y visualízate aquí pariendo». Y así lo hice, me metí en la bañera vacía y confié todavía más en mi cuerpo, sabiendo que en cualquier momento se iniciaría el parto.
Marchamos del MBC con un nivel de oxitocina máximo… Estaba tan tranquila y relajada, que di gracias a Naima por habernos regalado todo este tiempo previo a su llegada.
Tenía tan claro que esta vez la fisiología funcionaría y que no necesitaría ninguna maniobra para estimular las contracciones… así que, simplemente, solté y confié.
La noche del 29 de agosto de 2023
A las 23:30 h llegamos de vuelta a nuestro alojamiento, todo estaba en orden, yo seguía con mis contracciones habituales. Por suerte, Laia estaba leyendo un cuento con su abuelo y pudimos despedirnos de ella antes de acostarse. Y digo despedirnos porque… ¿qué pasó justo después? Pues que la magia hizo su efecto… a las 00:00 h del día 30 de agosto sentí que dentro de mí salía un líquido calentito…
¿Había roto la bolsa? Una sonrisa nerviosa se dibujó en mi cara. Primero por la situación (estaba lavándome los pies en el baño…) y luego porque era algo nuevo para mí, ya que con mi primera hija no había roto bolsa hasta bien avanzado el parto.
Mi padre y Néstor estaban en la planta baja viendo la tele. Recuerdo a día de hoy sus caras cuando les dije que creía haber roto la bolsa. Néstor sonreía pero a la vez su cara palidecía. Mi padre todo convencido empezó a decir: «Muy buena hora para coger el coche e ir a Marbella, así descansáis allí». Y yo rebatiendo: «No no papá, esto no funciona así, debemos esperar hasta que las contracciones sean más o menos regulares». Él no llegaba a entenderlo pero como profesional que soy confiaba en lo que yo le dijera.
Llamé a Marina para avisarle de la rotura y que estaba tranquila, con contracciones muy suaves e irregulares. También avisé a Lucía, fotógrafa del MBC, ya que tenía 2 horas de viaje desde Granada a la casa de partos. En un primer momento, Lucía iba a esperar a que le avisara cuando las contracciones se hicieran más frecuentes, pero siendo un segundo parto… no quería arriesgarse, así que decidió ponerse en marcha y esperarme en Marbella. Se lo agradeceré siempre, porque una de mis preocupaciones era que no le diera tiempo a llegar al parto.
Como estaba bien, me apetecía tener la mente despejada y me quedé en la sala viendo la tele con mi padre. Néstor prefirió terminar de preparar la mochila e ir a la habitación a jugar con el móvil esperando instrucciones.
Yo continuaba perdiendo líquido cada poco, pero era claro y mi hija seguía moviéndose, yo estaba tranquila, no había prisa. Sobre las 2 de la mañana, Néstor me preguntó cómo iba, seguía bien así que nos acostamos todos para intentar descansar. Yo sabía que mi padre estaba intranquilo hasta que nos fuéramos a Marbella, pero lo llevaba por dentro y no me decía nada, él confiaba en mí.
Intentaba dormir pero no lo lograba, ya que las contracciones eran bastante regulares cada 6-8 minutos. Al menos cerraba los ojos y permanecía tumbada hasta que llegó un punto de no encontrar postura. Las contracciones ya se iban regularizando.
Marina me escribió sobre las 4 de la mañana por si había algún cambio. A las 4:30 h noté que aumentaba la intensidad y que la duración llegaba o incluso sobrepasaba el minuto.
Estuve así una hora, levantándome de la cama cada vez que venía una ola, caminando por la habitación para aliviar las molestias. Las contracciones ya venían cada 4-5 minutos. Avisé a Néstor y llamamos a Marina para irnos hacia la casa de partos.
Mi padre estaba pendiente, así que no hizo falta avisarle. Él mismo se levantó y nos transmitió su energía con un fuerte abrazo, feliz de la experiencia que íbamos a vivir y a la vez sorprendido del tiempo que había aguantado en casa: «Eres increíble…», me decía.
Néstor aprovechó a grabar nuestro trayecto hacia el coche, comentando las últimas novedades desde la rotura espontánea de la bolsa. A pesar de la oscuridad de las calles, la maravillosa luna que había esa noche resplandecía el camino.
Aunque la carretera contaba con numerosas curvas, el viaje fue mejor de lo esperado. Pusimos música y yo me mantenía aferrada a 2 peines cada vez que venía la contracción (muy eficaz la técnica del peine por cierto).
En la sala Sirena
Sobre las 6:25 h llegamos a la casa de partos, otro momento que se me grabó en la retina para siempre. El reencuentro estando de parto con Marina y Lucía, a la que solo habíamos visto por videollamada, fue muy emocionante. Nuestras caras lo decían todo sin falta de mediar palabra. Los cuatro nos fundimos en un fuerte abrazo.
¡Por fin estaba en la sala Sirena de parto! No me lo podía creer. Era real. Recuerdo, como si fuera hoy, el olor a menta de la aromaterapia, el entorno tan acogedor y hogareño, la luz tenue del ambiente destacando el brillo de la enorme luna que se divisaba por la terraza… Todo idílico.
Las olas uterinas seguían su curso. Estaba tan segura de donde estaba, que todo fluía por sí solo. En ningún momento del proceso hubo un tacto vaginal, porque Marina y yo sabíamos que no hacía falta. Las contracciones en ningún momento se frenaron. Me sentía tan segura y feliz de estar donde estaba.
Comencé utilizando el TENS y la pelota. Néstor me acompañaba y estaba muy dispuesto a lo que yo necesitara. Me iba moviendo por todo el espacio, según me iba pidiendo el cuerpo. Las contracciones se iban intensificando… Recuerdo que Marina me ofreció el saco de semillas y Néstor me ayudaba a sostenerlo en la parte baja de la barriga. Tenía ganas de probar la liana, así que estuve unos minutos colgada sobre la tela a la vez que me movía en la pelota a un lado y a otro. Fue muy placentero sentir mi pelvis más libre.

Lucía estaba fotografiando y grabando cada detalle del proceso pero sin darnos cuenta de su presencia. Marina auscultaba el latido de Naima de forma intermitente, aunque yo no era consciente de los tiempos, ya que yo estaba adentrándome en mi planeta parto. Su contacto era muy sutil y cálido. Sentirla cerca me daba tranquilidad. Ella observaba en la distancia, cuidando cada momento para que nuestra experiencia fuera única.
Recuerdo el momento en que me animó a acudir a la ducha, ya que las contracciones iban creciendo en intensidad. Estuve un largo rato abrazada a la alcachofa de la ducha, a ratos me agarraba a la barandilla y a otros me sentaba en la silla de partos.
Tengo muy grabada la sensación de placer cuando la contracción acababa, es alucinante el baño de hormonas y endorfinas que nos regala el parto. En ningún momento sentí que no podía o que el dolor era insoportable. Disfruté tanto de todo el proceso…
Habíamos planificado tanto este momento, que tenía que deleitarme de cada segundo al máximo.
Néstor estaba a la espera de que yo le pidiera algo. Cada poco me ofrecía de beber o me preguntaba si necesitaba algo. Con las olas sucesivas, yo aceleraba mi respiración, agarrada con fuerza la barra de la ducha, encogía mis hombros cada vez más y no llegaba a soltar del todo tras la contracción. Él me quería ayudar y empezó a repetir una y otra vez que relajara los hombros, que estaba muy tensa. Pero las palabras no hacían efecto porque mi cerebro racional se había apagado.
Marina intervino de forma cariñosa y le explicó que mejor no me hablara tanto sino que simplemente estuviera a mi lado y quedase a la espera. Marina comenzó a emitir el sonido de la A con boca abierta para que yo repitiera y así me ayudara a soltar. A partir de ese momento, se notó un cambio radical.
Al poco, me alentó a entrar en la bañera. Por cómo me movía y por las sensaciones que tenía, la transición estaba muy cerca.
Ese instante en el que Marina y mi pareja me acompañaban a mi soñada bañera fue muy especial. Yo lo recuerdo como el «momentazo del parto» porque mis lágrimas empezaron a salir de forma espontánea de emoción, la oxitocina no podía estar más alta… ese subidón junto al agua caliente hicieron que sintiera náuseas y acabé vomitando. Néstor me daba aire con el abanico y Marina mantenía un paño fresquito en mi frente.
Al poco sentí una presión en el ano brutal, perdí las fuerzas por unos segundos quedando flotando en el agua boca arriba sin poder agarrarme a nada. Recuerdo esa contracción tan intensa que Néstor se metió conmigo en la bañera para poder sostenerme.

La transición había llegado pero esta vez no pasó por mi cabeza el «no puedo más» o «me muero» como con mi primera hija, solo verbalizada la sensación de mis huesos abriéndose, ¡qué intensidad! Así que pedí a Marina probar con el óxido nitroso para intentar calmar mi respiración y sobrellevar la intensidad del final. Me movía libremente buscando el confort, aunque al final como más cómoda estaba era semiacostada y apoyada en mi pareja.
Naima
Al inicio los pujos coincidían con el pico de la contracción, pero poco después sentía continuamente la presión y necesitaba empujar para liberarme. Recuerdo con emoción ese momento en el que Marina colocó su mano en mi pecho y dijo: «tranquila, no hay prisa, son los últimos minutos que tu hija va a estar dentro de ti»… Yo quería tocarla y comprobar cómo avanzaba dentro de mí. La notaba ya tan cerca, quedaba muy poco para encontrarnos al otro lado de la piel.
En este punto ya había llegado Pepa, la segunda matrona que estaba de guardia ese día, una profesional encantadora, espiritual y muy maternal. Su presencia me daba paz. Qué suerte contar también con su acompañamiento.
Enseguida se empezó a ver la hermosa cabecita de Naima. Iba muy poco a poco, notaba como mi periné se expandía cada vez más hasta el conocido aro de fuego (que he de decir que la inmersión en agua caliente hace que esta sensación se atenúe un poco). Marina grababa con nuestra cámara Gopro el proceso de coronación para poder guardar para siempre ese recuerdo. Además de tocar a mi hija y comprobarlo de primera mano, pude ver cómo avanzaba con el espejo.
Cuando salió su cabecita, podía notar como sus hombros se acomodaban en mi pelvis para poder nacer, qué maravilla. Estuvo con su cabecita dentro del agua 2 minutos a la espera de la siguiente contracción. Marina y yo habíamos acordado que sería yo quien cogería a Naima con mis manos. Sin embargo, por mi posición semiacostada y al traer una vuelta de cordón, yo no era capaz de llegar con mis manos, así que le pedí a Marina que me ayudara.
Naima nacía a las 9:35 h del 30 de agosto en un parto en el agua increíble. Coloqué a mi hija en contacto piel con piel y todos lloramos de emoción. Superamos con creces nuestras expectativas, era un sueño hecho realidad. No podía creer lo que había hecho, todo había salido a la perfección.
Así que, en honor a su nombre, Naima = tranquilidad, serenidad… llegaba a este mundo en un parto en calma, rodeada de amor y felicidad.
Lo que vino después
Tras el nacimiento todavía nos quedamos en la bañera un rato más a la espera del alumbramiento de la placenta. Yo me encontraba en un bálsamo de paz, como si estuviera en una nube, sintiendo y oliendo a mi hija recién nacida, apoyada en mi marido.
Néstor estaba sudando en frío del calor que hacía… entre el calor de mi cuerpo, el agua caliente… recuerdo como Pepa le cuidaba, aportándole paños fríos, agua y abanicándole. Era gracioso ver el trabajo en cadena, gracias al apoyo de Pepa, Néstor pudo sostenerme todo lo que duró el alumbramiento, que fueron varios minutos.

Este fue otro «momentazo del parto». No había prisa, me sentí dueña del proceso en todo momento. Yo misma traccionaba suavemente del cordón, no había apenas sangrado, todo estaba bien. Naima se había enganchado al pecho al poco de nacer, qué sabia es la naturaleza. Aún así, como la placenta no terminaba de salir, decidí colocar a Naima en el pecho de mi marido para poder colocarme en una postura más vertical. Aquí entró en juego la magia y espiritualidad de Pepa, ya que con su diálogo mágico y haciéndome consciente de lo que había vivido, centrándome en el aquí y ahora, me relajé de tal forma que sentí como dentro de mí fluía una energía que daba paso a la placenta. Y así nacía, yo de pie frente a mi marido y mi hija, que todavía seguía unida por el cordón a la placenta, orgullosa de todo lo que estaba sanando en mi interior.
Justo había un espejo colgado en la pared frente a la bañera que si te ponías de pie podías verte. Pepa me dijo mírate y repite: «¡Lo he conseguido!». Y así lo hice varias veces para poder creérmelo de verdad.
Es la primera vez que venero de forma consciente a este órgano de la naturaleza, gracias a Pepa conocimos la alquimia placentaria, cómo honrar al único órgano que pertenece a dos seres al mismo tiempo, como un árbol que entierra sus raíces para nutrir al fruto.
De hecho, fue la encargada de hacer una ceremonia de devolución de la placenta a la Madre Tierra en los Reales de Sierra Bermeja (un paraje natural de la provincia de Málaga), para devolver y nutrir lo que nos nutre, como ofrenda y acto sagrado de sanación. Además, nos elaboró artesanalmente un atrapasueños, estando en el centro el cordón umbilical de Naima disecado para protegernos por siempre.
Poco antes de salir de la bañera, Néstor cortó el cordón y la placenta quedó flotando en un cuenco en la bañera, siendo la prueba de lo que habíamos vivido ese día.
Cuando salí, Marina y Pepa me arroparon con la toalla y me acompañaron a la cama para que pudiera tumbarme y continuar con el contacto piel con piel. Pepa me revisó y no tenía ningún desgarro. Me ofreció un espejo para que yo misma lo comprobara. Mientras documentaban el parto, me encontraba tan bien que me apetecía ducharme y estrenar el camisón que había elegido para la ocasión. Cuando entraron en la habitación y ya estaba aseada, alucinaron de que ya estuviera tan activa. Me encontraba tan bien, la sensación era como de no haber parido.
De hecho, las tres nos sentamos en el suelo para hacer la impresión de placenta como si volviéramos a ser niñas, y nos pusimos a retratar el fantástico árbol de la vida, primero usando su propia sangre y luego, dejando volar nuestra creatividad con pinceles y colores.
Y como buenos asturianos, qué mejor manera que celebrar la llegada de Naima que con un culín de sidra. Esas fueron las últimas fotos del videoreportaje de Lucía. Néstor escanciando y yo bebiendo ese esperado y fresco culín de sidra con mi hija pegada a mí.
Lo que me llevo
Por todo ello, no podemos estar más agradecidos por el acompañamiento tan especial que tuvimos antes, durante y después del nacimiento de nuestra segunda hija.
El acompañamiento del equipo del Marbella Birth Center fue el faro que iluminó un parto sereno y transformador en todos los sentidos, una experiencia que ha marcado un antes y un después en mi vida. Así que voy a terminar igual que he empezado este relato.
Como mujer, me sentí dueña de todo el proceso, empoderada y libre en todo momento.
Como madre, cada aliento y cada latido me recordaron mi fortaleza, confirmando con certeza de que soy capaz de superar cualquier desafío sin mirar atrás.
Como esposa, he sentido que cada paso de este viaje ha reafirmado que juntos somos invencibles. Su amor y respeto han sido evidentes en cada una de mis decisiones.
Como hija, ya que la confianza de mi padre ha reforzado nuestro vínculo dejando una huella imborrable en mi corazón.
Y como matrona, un viaje de reconciliación, un bálsamo sanador para las heridas del pasado, reafirmando mi pasión por acompañar la vida.
Una aventura de 1000 km que quedará eternamente tejida en la historia de nuestra familia.
El Marbella Birth Center cerró sus puertas. Publico este relato, entre otras cosas, para que quede algo escrito de lo que fue aquel sitio y de lo que hicieron posible Marina, Pepa, Giulia y Lucía. Gracias por cuidarnos como nos cuidasteis.
Las fotografías del parto son de Lucía M. Alonso, de Luna Birth Pic.
Sobre el cribado del estreptococo del grupo B. Cuando digo que la prueba no es precisa me refiero a algo concreto: la colonización por esta bacteria es transitoria, de modo que el cultivo que se hace en las semanas 35-37 no predice de forma fiable quién llega al parto siendo portadora. Lo analizan Seedat, F. y cols. en «Universal antenatal screening for group B streptococcus may cause more harm than good», BMJ 2019;364:l463.
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